ARRUGAS QUE NO LEVANTAN POLVO

PARTE PRIMERA

AÑO 1967

  

Capítulo 1

Abrí los ojos despavorida. Mis latidos parecían tambores rompiendo el silencio de la noche. Aún me costaba respirar y en la rigidez de mis facciones jadeaba todavía vivo el recuerdo de aquella pesadilla que una noche más se clavaba en mis retinas y rasgaba con su presencia cualquier atisbo de sosiego: corría con todas mis fuerzas; corría una vez más detrás de aquel tren incansable que parecía llevarse consigo mi destino, como un pasajero más, sentado en el último vagón. Incapaz de avanzar, incapaz de alcanzarlo, sin que el suelo guiase mis pasos, caía exhausta sobre mis rodillas y, alzando la mano como si pudiese detener el tiempo, veía cómo desaparecía en la lejanía…

Cerré de nuevo los ojos con desesperación, abracé las sábanas con fuerza e intenté que el cansancio acunara mis sueños.

―¡Heliana! ―me despertó gritando mi madre―. ¡Heliana! ―repitió elevando aún más la voz―. Ya sabes que es domingo y tienes que acompañar a tu hermano al partido. ―Su voz sonaba con autoridad y traspasaba sin resistencia los ladrillos de la casa que hasta ese día había sido mi hogar, pero que pronto se convertiría en una fortaleza de sólidos e inhóspitos muros cuyo único fin sería retraer mi apetito por vivir.

Mi madre había recibido una educación estricta y con poco apego a la espontaneidad. Todos sus pasos los estudiaba con exactitud y se comportaba con una frialdad, a mi parecer, casi siempre desmesurada. Alta, delgada, distinguida, con una piel tan pálida que parecía asustada por la oscuridad de su propia mirada. Sus mejillas eran bastante acentuadas y sus canas, blancas como el hielo, le daban un aspecto sobrio, pero muy atractivo para su edad.

Con los años y a través del dolor que el pasado infunde en cicatrices de elecciones tomadas en unos casos con acierto y en otros desde la vehemencia más ignorante, comprendí el origen de esa impasibilidad con la que barnizaba su piel. Cuánto en ella le pertenecería y cuánto no serían más que conductas que aprendió para protegerse, no solo a sí misma sino también a todos nosotros. Era hija de una de las familias mejores consideradas en el pueblo. Mi abuelo había sido el único boticario durante más de cuarenta años y se encargó en vida de dejarle a mi madre, su única hija, el legado más importante que podía ofrecerle: una educación ejemplar, un estatus social muy admirado por todos y una próspera botica que regentar.

―¡Ya bajo, mamá! ―contesté todavía somnolienta.

Mi hermano Efrén tenía nueve años, ocho menos que yo. La mayoría del tiempo lo pasaba conmigo o con la criada que nos cuidaba y a la que cariñosamente llamábamos «yaya». A veces llegué a pensar que nos tenía más afecto a nosotras que a nuestra propia madre. Efrén era un niño juguetón y, como es propio de su edad, curioso y bastante torpe. Siempre tan oportuno para romper cualquier cosa que olvidásemos en el filo de la mesa. Eso sí, gracias a Dios, siempre sin querer. A pesar de todo con su faz morena, su sonrisa angelical y sus mofletes pecosos conseguía que se nos olvidara el jarrón que por su culpa yacía, segundos antes, roto en mil añicos, sobre la alfombra. Pertenecía al equipo local de fútbol y como todos los domingos lo acompañaba al entrenamiento. A él no le gustaba ir solo y yo aprovechaba ese tiempo para escaparme un rato con mis amigas. No era un gran jugador; de hecho estaba convencida que lo admitieron en el equipo por ser el nieto de don Iseo, así llamaban a mi abuelo. Claro que esto nunca llegué a confesarlo; dañaría profundamente su ego. Él todavía pensaba que ser portero suplente era un puesto crucial para el equipo.

―Buenos días, enano ―saludé a mi hermano con cariño, acariciándole los ricitos rubios que le caían en forma de lianas sobre la frente y que él disimuladamente se apartaba con bufidos cuando nadie lo miraba.

Sin dedicarme la más mínima atención, engulló el último trozo de pan con aceite que tenía en el plato, al mismo tiempo que se ayudaba de un buen trago de leche para poder tragarlo.

―Buenos días, Heliana ―dijo mi madre mientras me preparaba el café. Cada mañana repetía los mismos pasos como si fuese un ritual. Por mucho que insistí, no conseguí convencerla de que no hacía falta que madrugase. Seguía levantándose la primera y con un orden minucioso colocaba sobre la mesa el desayuno de cada uno.

―Date prisa que como tu hermano llegue tarde no quiero ni pensar lo que dirán de nosotros ―añadió tan preocupada como siempre por mantener a toda costa intacta y perfecta la imagen de nuestra familia.

Apenas comí. Le di un ligero sorbo a la taza de café, un tímido bocado a un trozo de pastel de camuesas que mi madre había preparado la tarde anterior y agarré a mi hermano por la enorme bolsa de deporte que colgaba de su espalda y que era tan grande como él. Lo arrastré hacia la puerta y salimos en dirección al campo de fútbol.

Me sentía nerviosa, como si intuyese que algo no estaba sucediendo como debería. No conseguía apartar de mi mente la pesadilla que me asaltó la noche anterior y que me perseguía desde hacía años. Cada vez que reaparecía me hacía pensar que era el presagio de algo e incluso que me avisaba de algún peligro que yo no veía. De forma casi espontánea, los días siguientes solía estar alerta para defenderme de posibles fantasmas que pudieran esconderse tras la rutina con la que avanzaba el verano. Nadie más conocía lo que ocurría. Ni siquiera yo lograba entenderlo. Aunque una parte de mí deseaba apartar ese tormento de mis sueños, había otra que estaba convencida de que si revelaba este secreto dejaría de protegerme. Esta duda amordazó mi necesidad de confesarme y jamás tuve valor para comentarlo con nadie. No sé si aquel día ese presentimiento tuvo algo que ver; ni siquiera sé si lo que ocurrió pretendía protegerme. Lo único cierto fue que en apenas unas horas giró por completo el norte que guiaba mi vida.

El campo de fútbol se encontraba en las afueras, junto a la fábrica de abajo, a tres manzanas de nuestra casa. Con suerte para la reputación de mi madre, llegamos puntuales al entrenamiento. Eso sí, reconozco ―aunque nunca lo haré delante de ella― que los últimos trescientos metros los hicimos corriendo. Solía decir que correr era una vasta señal de debilidad. Tampoco se enteraría de que el «ágil» de mi hermano tropezó dos veces durante el trayecto. Justifiqué los arañazos de sus manos con el duro entrenamiento y las majestuosas paradas que había hecho durante el partido y me callé la parte en la que se arrastró dos metros por el suelo en la segunda de sus caídas. Por supuesto omití también el bochornoso espectáculo que ocasionó al chocarse de bruces contra el cabrero. Justo antes de abandonar el pueblo, al doblar la última esquina, se coló en su camino y no tuvo tiempo para esquivarlo. Ahí comprendí por qué jugaba como portero en vez de delantero. Si el balón hubiese sido la lechera que corría destartalada inundando el asfalto con un río de leche, se habría colado en su propia portería antes de que mi hermano hubiese levantado el culo del arriate donde se había encajado.

―Efrén, ¿estás bien? ―Me acerqué a mi hermano para comprobar que no se había hecho daño.

―¡Qué torpe eres! Tu primer día y ya has desperdiciado la mitad del pedido ―gritó alguien detrás de mí con una voz masculina y estridente, típica de quien está en plena pubertad y está cambiando el tono. Lo reconocí al instante. Se trataba de Martín, uno de los dos hijos gemelos del cabrero. Levanté la vista buscándolo a él y descubrí que no iba solo. En su lugar me crucé con una mirada azul intensa, tan indefensa y llena de melancolía que por unos segundos me hizo olvidar que mi hermano todavía se encontraba tendido en el suelo. Un incómodo escalofrío recorrió mi cuerpo e inmóvil observé la escena con la extraña sensación de que todo trascurría a cámara lenta. El desconocido, sonrojado por la situación y aún con la cara manchada de leche, retiró cabizbajo la mirada y sin mediar palabra fue en busca del cántaro que se le había escurrido de las manos.

Aunque era más alto que yo, supuse que tendríamos la misma edad. El pelo rubio y despeinado se deslizaba sobre su cara. Pese a que sus manos se aventuraban fuertes, su piel blanquecina parecía tan delicada como la seda. Llevaba unos pantalones marrones, algo viejos, y una camisa blanca remangada hasta los codos, en la que lucían diversas manchas resultado del choque. A pesar de todo, tenía un aspecto limpio y bastante atractivo. Nunca antes lo había visto por el pueblo. No era el caso del muchacho que lo increpaba, que era conocido por todos. Todas las mañanas recorría el pueblo vendiendo leche fresca. Solía ir acompañado de su hermano gemelo y una piara de cabras, que se fundían desordenadas en un desafinado desfile de ruidos y atropellos.

Con un despotismo algo mezquino, le arrebató el cántaro de las manos al chico nuevo y de mala gana se acercó a una de las cabras para allí mismo ordeñarla y llenar de nuevo la jarra.

Ruborizada agarré a mi hermano por el brazo y sin mirar siquiera hacia atrás, en una actitud algo maleducada, salí pitando de aquel fortuito encuentro. No detuve la carrera hasta llegar por fin al campo de fútbol, junto al resto de jugadores.

Mientras Efrén se batía en duelo con la pelota, yo había quedado con Rosario y Marina para ver qué película estrenaban aquella tarde en el cine situado al final de la calle Alta. En aquel entonces y solo durante los meses más calurosos, un amplio corralón, un proyector antiguo y quince filas de sillas de madera con un duro y áspero asiento de enea se convertían en un magnífico cine de verano. Rosario y yo estudiaríamos ese año medicina. En aquella época, finales de los años sesenta, no era nada fácil ser mujer y menos aún para aquellas que soñábamos con disfrutar de una vida emprendedora. La sociedad nos arrastraba con fuerza hacia un callejón sin salida, nos apilaba frente a un muro de prejuicios y, empuñando el rol de ama de casa, nos asestaba el golpe mortal que nos encerraba sin compasión entre las cuatro paredes que conformaban nuestro nuevo hogar. Este pensamiento se acentuaba más aún en los pequeños pueblos de la subbética cordobesa como el nuestro, siendo muy pocas las mujeres que como Rosario y yo podíamos aspirar a unos estudios universitarios. Tenía diecisiete años como yo. Estuvo siempre a mi lado. No podíamos vivir la una sin la otra. Fue sin lugar a duda mi mejor amiga. Compartimos pupitre en todos los cursos y en numerosas ocasiones me llevé más de una reprimenda por su culpa. Era incapaz de mantenerse callada más de cinco minutos. Rosario era gordita, baja, rubia, con una cara rechoncha y una sonrisa tan bonita que, cuando se reía, te contagiaba su alegría con tanta naturalidad que te desarmaba y diluía cualquier sensación de enfado en menos de un minuto. Era única. Todavía hoy recuerdo como sonsacaba sonrisas a pacientes derrotados por el dolor y cuya única esperanza era que la enfermera de turno le aumentase la dosis de morfina para olvidarse de sentir. A veces me reía tanto que era incapaz de parar. En esos casos no dudaba en arrodillarme y suplicarle que por favor se callase. De otra manera era incapaz de contener mi risa. No exagero al afirmar que me provocaba un dolor tan intenso en la boca del estómago que conseguía incluso paralizar mi mandíbula durante interminables minutos.

Marina, más independiente que nosotras, acababa de terminar magisterio. Era tímida y pausada. Irónica, impaciente, seria, incluso borde y antipática a priori. Realista, madura, distante, con una armadura a prueba de balas. No obstante esto era una simple apariencia que escondía una extrema debilidad. No era difícil ver cómo el acero se derretía y ella se mostraba con un corazón tan puro e inocente como el de un niño de cinco años. Alta, guapa, de pelo castaño y piel morena, con ojos negros de serpiente, profundos e hipnotizadores, que conseguirían que más de un hombre se quedase atrapado en su mirada.

Las tres conformábamos un curioso triángulo, en el que cada vértice despuntaba por sí mismo, pero que en conjunto formábamos una sola pieza y tan perfecta como un diamante ya tallado.

Miré mi reloj de pulsera. Aún quedaban quince minutos para vernos, así que caminé tranquila. Mi abuelo me lo regaló al cumplir diez años. Recuerdo que me miró con ternura y colocándomelo en la muñeca dijo: «El tiempo puede ser tu enemigo o tu aliado; no lo fuerces, acompáñalo y estará siempre de tu lado». Con los años comprendería cuánta verdad encerraba aquella frase

Subí por la calle de la Fuente hacia el ayuntamiento. Era un día cálido de verano. Las calles comenzaban a despertarse con el ruido de los primeros paseos de la mañana. Luque era un pueblo pequeño, con callejuelas estrechas donde el sol se reflejaba en el blanco de las paredes y la sombra encontraba cobijo bajo los hermosos geranios y gitanillas que vestían con vivos colores las rejas de los balcones. Llegué hasta la plaza de España, guarecida por la hermosa Parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción y custodiada desde las alturas por el Castillo Albenzaide. Allí, junto a una farola solitaria, descansaban cuatro pequeños bancos de piedra firme de un intenso color tierra húmeda. Ellos más que nadie conocían los secretos más íntimos del pueblo y albergaban en sus entrañas la sabiduría más popular. Los más ancianos del lugar los ilustraban cada atardecer y mientras recostaban en ellos sus cuerpos, entumecidos por la edad, se contaban unos a otros las mejores historias allí vividas haciendo alarde de una memoria ejemplar. En aquel lugar encontraban una quietud sigilosa y mecida a destiempo por el carraspeo de las ramas al bailar con el viento. Sin más intención que la de reposar por fin la mente, lanzaban al azar pequeñas migajas de pan y jugueteaban traviesos con la multitud de gorriones que se concentraba a su alrededor. Eso sí, las posaderas siempre pulcras y limpias, gracias a los cartones que portaban consigo desde casa y extendían sin prisa sobre el asiento a modo de cojín donde sentarse. Con los años, el periódico local ocuparía este privilegio. ¡Cuántos sucesos no se habrá pasado literalmente por el forro de la falda más de una abuelilla al sentarse encima!

Llegué la última y Marina, como era de prever, no perdió la ocasión de reprenderme. La película que anunciaban nos gustó a las tres. Era de Sophia Loren y se llamaba Siempre hay una mujer. Como cualquier otra muchacha, deseé ser yo la actriz principal de ese guión romántico y apasionado. Quería ser yo quien viviese esa ferviente historia de amor, en la que mi vida no tendría otro destino que el de morir en los brazos de ese príncipe azul. Las tres debimos de pensar lo mismo y coincidimos en verla aquella misma tarde.

Aún disponía de media hora, por lo que anduve con ellas hasta el castillo. Solíamos subir al peñón para, allí sentadas, disfrutar del paisaje. Era nuestro rincón preferido. Sabíamos que desde allí nadie podía observarnos ni escuchar nuestras conversaciones, que aunque infantiles, para nosotras encerraban grandes secretos, íntimos e inconfesables. Con los sucesos que más adelante acontecerían, se consagraría como uno de los lugares más importantes de mi vida. A Rosario hacía tiempo que le gustaba un chicuelo del pueblo, así que nos propuso entrar en la ermita y, como era tradición de toda moza que quería encontrar novio, hacerle un nudo al cordón blanco que colgaba del santo a modo de cinturón. Era la quinta vez que lo hacía, por lo que seguramente, en breve, cumpliría su sueño. Cuando alcanzamos la entrada vimos una cola de más de diez chicas esperando también su turno. A Rosario no le importó; estaba decidida a esperar el tiempo que hiciese falta y si por mala ventura no quedaba ya sitio libre para su nudo, no dudaría en desenredar la promesa de la anterior y atar allí la suya. Su ilusión era más importante que la de cualquier otra chica, me dijo sofocada cuando vio la cola que tendría que guardar.

¡Mi hermano! Tanto hablar del santo que el mío se me había ido al cielo. Había olvidado que tenía que recoger a Efrén del entrenamiento. Por fortuna llegué justo cuando el entrenador indicaba el final del partido. Jadeando todavía por el esfuerzo, esperé a mi hermano junto a la portería.

Aquel día parecía que todo en mi vida iba con retraso. Las horas pasaban junto a mí sin apenas avisarme. Como era de esperar, llegué la última al cine.

Marina, como siempre, vociferó cuando me vio aparecer.

―¡Siempre tienes que llegar la última! Ya hemos comprado las entradas. Si te llegamos a esperar nos habríamos quedado sin sitio. No pienso ver la película desde la barra como la última vez. Qué vergüenza cuando nos confundieron con simples camareras y hasta nos pidieron botellines de gaseosa ―dijo en su habitual tono sarcástico.

―Tú siempre tan amable y compasiva. Vengo agotada de la carrera que me he dado para no llegar tarde y evitar tus alaridos ―mentí para esquivar su reprimenda. En realidad me había quedado dormida.

Como siempre tuvo que ser Rosario quien mediase entre nosotras. Nos agarró por la espalda y en volandas fuimos sorteando sillas hasta llegar a nuestra fila. Cuando creyó que la situación estaba controlada sacó del bolso su paquete de altramuces y comenzó a engullir.

Como era habitual en ella, llevaba algo de comer encima y más aún sabiendo que le esperaba una hora por delante sin poder hablar. Siempre se repetía la misma historia: de camino al cine y supuestamente sin premeditación alguna, había ido hasta el otro extremo del pueblo para, casualmente también, encontrarse de frente con el irresistible puesto de la Chominica. Así era como llamábamos todos a la quiosquera. El desenlace ya lo conocíamos: dos paquetes de altramuces y no sé cuantas bolsas más de golosinas.

Según ella comer la ayudaba a olvidar el ejército de salamanquesas que deambulaban impunes por la pared donde en unos segundos se proyectaría la película. Le tenía un miedo atroz a cualquier tipo de reptil, independientemente del tamaño que tuviese. Seguro que ya había visto de reojo la primera de ellas. Se sabía el cine de memoria y procuraba sentarse junto al acceso más fácil hacia la puerta, por si se escapaba alguno de esos bichos y tenía que salir corriendo. A veces incluso chillaba de pánico cuando alguna salamanquesa más aventurera osaba acercarse a su silla más de la cuenta. Como todos la conocíamos nadie protestaba.

―¡Mira quién ha venido! ―me avisó en voz baja Marina al mismo tiempo que me daba un codazo para captar mi atención.

Miré hacia donde me señalaba, tan indiscreta como siempre, y reconocí a Irina, apodada en el pueblo la polaca por su apariencia. Por su tez tan extremadamente blanca y su pelo rubio transparente parecía albina.

―¡Pero si ha venido con Iván! ―añadió Rosario con un tono claramente enojado―. No me puedo creer que ya se hayan arreglao. ―Así era como nos referíamos a las parejas que acababan de ponerse novios―. Con lo guapo que es él... ¿por qué se habrá decidido por ella? ¡Pero si parece un limón!

No pude contener la risa. Rosario hacía años que se había fijado en él, pero nunca fue correspondida. Yo lo había visto comprando las entradas justo al llegar, pero me callé pensando que no los veríamos una vez dentro. No fue así. Venía acompañado de los cuatro hermanos de Irina y de sus tíos. Era la única forma que tenían de ir al cine juntos. Si los vieran solos se difundirían todo tipo de rumores que lapidarían por completo su reputación. A partir de ese día y por mucho que le pesase a Rosario, ya serían tratados como novios en todo el pueblo.

―¡Callaos! ―gritó alguien detrás de mí, enojado por mis carcajadas, a las que también se había sumado Marina.

―Concentrada como estaba en ser la actriz principal de aquella película pasé por alto el vuelco accidental que acababa de dar el guión de mi propia vida. La cuenta atrás había comenzado y yo ni siquiera me había percatado.



De "Arrugas Que No Levantan Polvo" por Javier Villena

Fin Capítulo 1

  
  

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